Casi todo el mundo tiene ex. Ex-novi@s, ex-amantes, ex-parejas.... pero algunos, además de todo eso, tienen otros ex. Yo soy un ex-ludópata y me avergüenza confesarlo, pero lo voy a hacer.
Como cualquier otro adicto a lo que sea, la cosa empieza casi sin querer. Un día cualquiera, a una hora cualquiera, las vueltas después de pagar las rondas de cervezas y para no repartir la chatarra decidimos echarlo a las tragaperras con tan mala suerte que sale el especial. La primera vez que mis manos depositaban una moneda en una de esas infernales máquinas y me tocan 25 talegos, de los de antes, que de esto hace ya mucho tiempo.
A partir de aquí entras en una espiral de la que parece imposible salir, como de tantas otras cosas. Te justificas diciendo que en cuanto saques el premio dejarás de jugar pero no es verdad. Cuando lo consigues, y lo consigues siempre que tengas dinero suficiente, sigues metiendo monedas, una detrás de otra, de manera compulsiva. Ya no es el cebo del premio lo que te impulsa a seguir jugando, es algo completamente irracional.
Para alguien con ventipocos años, que vive con sus padres y tiene un trabajo fijo y relativamente bien remunerado esto es un hobby -pensaba por aquel entonces- caro, pero un pasatiempo... ojalá hubiera sido sólo eso. Cada vez jugaba mas, en diferentes sitios: bares, salas recreativas y hasta en el casino alguna vez. Algunos meses me llegué a gastar el sueldo entero el mismo día que me lo ingresaban pero nada podía pararme. O casi nada.
Hubo un hecho determinante que me hizo abrir los ojos y racionalizar el abismo donde había caído. Fue el día que mi padre descubrió que su colección de billetes (de perfecto curso legal) había mermado considerablemente. Nunca me dijo nada y yo nunca le dije nada pero ese día dejé las tragaperras para siempre.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella fatídica tarde en que la suerte me jugó una mala pasada. Quizá si aquel premio se hubiera quedado en la máquina todo hubiera sido distinto, quizá con el dineral que tiré a la basura habría pagado la entrada de aquel piso que nunca llegué a comprar, quizá....
Como cualquier otro adicto a lo que sea, la cosa empieza casi sin querer. Un día cualquiera, a una hora cualquiera, las vueltas después de pagar las rondas de cervezas y para no repartir la chatarra decidimos echarlo a las tragaperras con tan mala suerte que sale el especial. La primera vez que mis manos depositaban una moneda en una de esas infernales máquinas y me tocan 25 talegos, de los de antes, que de esto hace ya mucho tiempo.
A partir de aquí entras en una espiral de la que parece imposible salir, como de tantas otras cosas. Te justificas diciendo que en cuanto saques el premio dejarás de jugar pero no es verdad. Cuando lo consigues, y lo consigues siempre que tengas dinero suficiente, sigues metiendo monedas, una detrás de otra, de manera compulsiva. Ya no es el cebo del premio lo que te impulsa a seguir jugando, es algo completamente irracional.
Para alguien con ventipocos años, que vive con sus padres y tiene un trabajo fijo y relativamente bien remunerado esto es un hobby -pensaba por aquel entonces- caro, pero un pasatiempo... ojalá hubiera sido sólo eso. Cada vez jugaba mas, en diferentes sitios: bares, salas recreativas y hasta en el casino alguna vez. Algunos meses me llegué a gastar el sueldo entero el mismo día que me lo ingresaban pero nada podía pararme. O casi nada.
Hubo un hecho determinante que me hizo abrir los ojos y racionalizar el abismo donde había caído. Fue el día que mi padre descubrió que su colección de billetes (de perfecto curso legal) había mermado considerablemente. Nunca me dijo nada y yo nunca le dije nada pero ese día dejé las tragaperras para siempre.
Ha pasado mucho tiempo desde aquella fatídica tarde en que la suerte me jugó una mala pasada. Quizá si aquel premio se hubiera quedado en la máquina todo hubiera sido distinto, quizá con el dineral que tiré a la basura habría pagado la entrada de aquel piso que nunca llegué a comprar, quizá....
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